20/11/2008 - 19:24

"¿que ocurre con los adolescentes?"

por Jose Monseny

¿Que ocurre con los adolescentes?

La primera cuestión que deberíamos abordar al plantearnos una pregunta como ésta, es aquella que nos pueda esclarecer porqué en la actualidad necesitamos reflexionar tanto acerca de esta cuestión.

La preocupación por la adolescencia es un tema recurrente en nuestros días, y la encontramos tanto en el campo de la enseñanza, como en el ámbito del psicoanálisis, la psicología, la psiquiatría, la sociología etc. ¿Qué justifica dicha preocupación? ¿Están especialmente mal los adolescentes de nuestro tiempo en relación con los de otras épocas?. No es seguro.

Esta atención renovada por la juventud sin duda proviene de ciertas dificultades y problemas que ésta padece como síntomas de sus malestares: anorexia, violencia, conductas adictivas, fracaso escolar, alteraciones de la personalidad etc...

Pero cada vez somos más los que percibimos en estas dificultades los efectos que propician ciertos condicionamientos de nuestro orden social, que nuestra época ha empezado a reconocer. No sin cierta sorpresa, por cierto, pues estos malestares cuestionan las posibilidades del progreso que debían traer la democracia y el discurso de la ciencia; la esperanza de la humanidad desde la ilustración era que la sociedad del bienestar trajese la felicidad para todos.

Como remarcábamos más arriba, no es seguro que ahora existan más problemas ni más graves que en otras épocas. Si aparecen de forma más tangible, es porque la adolescencia, así como otros colectivos: mujeres, niños, minorías raciales etc..., encuentran en esta sociedad de los “derechos humanos” una atención creciente, cuando en épocas no demasiado remotas se puede decir que ni tan siquiera “existían” como sujetos socialmente significativos.

Este efecto es inequívocamente un logro de las sociedades democráticas, sólo que tendemos a no valorar suficientemente su importancia por aquello de que ya estaba en el programa. Lo que no tenemos en cuenta es que a menudo lo que está en el programa no se logra hacerlo entrar en la realidad.

Por esto mismo, los sujetos sí que se sorprenden y hasta escandalizan de que “a estas alturas del siglo puedan suceder ciertas cosas”. Entre ellas toda esta cohorte de problemas que presentan muchos jóvenes, que para mayor escándalo no han carecido de los medios de educación ni de un sinfín de posibilidades que otras generaciones no tuvieron y que algunos tienden a ver más sanas, lo que tampoco es tan seguro.

A-¿Qué es la adolescencia?

Empecemos por repasar cuáles son los rasgos que definen este estado llamado adolescencia y cuyos perfiles no son, ni mucho menos, nítidos e invariables.

Tendremos distintas percepciones según visualicemos el fenómeno desde la biología, la sociología, la psicología, el psicoanálisis o la medicina.

Ahora bien, todas estas disciplinas tienen en común -en relación al tema que tratamos- la necesidad de dar cuenta de dos hechos fundamentales propios de la adolescencia: 1º que el sujeto debe atravesar un cambio que implica una crisis de identidad en un doble sentido: el pasaje de niño a adulto, y el pasaje de sujeto en proceso de definición sexual a sujeto que sostiene en la praxis una posición sexual, 2º que el adolescente debe efectuar un proceso de emancipación afectiva, familiar y social, que pone a prueba tanto el desarrollo psicoafectivo como las capacidades de desenvolverse adquiridas durante toda la infancia.

Este proceso tiene siempre algo de problemático. Por ello es necesario que los padres y educadores sepan contener esa crisis de la adolescencia. Recordemos que algunos de los niños y/o adolescentes perfectos y modélicos, es decir los que no han atravesado crisis de ningún tipo, acaban desarrollando a menudo graves cuadros psicopatológicos, que pueden ir desde la anorexia a la esquizofrenia.
Hay pues una paradoja, dado que la crisis y los problemas son normales en la mayoría de los adolescentes, pero los mismos problemas pueden también ser índices de riesgo en determinados casos. Por tanto ¿cómo saber que las crisis y los problemas exceden los límites de lo normal y entrañan un problema psicopatológico que no remitirá con la evolución del sujeto y que requiere la intervención terapéutica de un profesional?

Para empezar conviene saber porqué la adolescencia es así de problemática. El psicoanálisis freudiano es el que nos ha permitido comprender mejor a nosotros esta circunstancia. Se trata de que el ser humano, al nacer profundamente inmaduro desde el punto de vista biológico, se encuentra en la necesidad de completar el bagaje genético-biológico con la formación cultural y moral, es decir con el orden simbólico, el cual viene a suplir su inmadurez orgánica y le permite completar su constitución como sujeto emancipado.

Esta circunstancia le somete a dos efectos: una larga etapa de dependencia de sus progenitores, de sus educadores y de su entorno y por otro lado el enfrentamiento con una serie de situaciones que vivirá como traumáticas.
En cada una de las etapas de su infancia el sujeto debe confrontar situaciones ante las cuales se vive en situación de impotencia y desamparo, puesto que como hemos dicho por una parte esta biológicamente inmaduro, y por otro lado esas situaciones le llegan demasiado pronto, en el sentido de que su aparato psíquico aún no está suficientemente desarrollado, ni en su inteligencia ni en sus emociones.
La curiosidad sexual infantil y los juegos que a menudo la acompañan son un buen ejemplo de este retraso entre los desafíos que el jovencito o la jovencita deben afrontar y la insuficiencia tanto biológica como psíquica en la que se encuentran.

Podríamos decir que el sujeto debe estrenarse en la adolescencia como sujeto sexual y emocionalmente desarrollado y como individuo socialmente emancipado. Pues bien, aun aquellos que llegan en las mejores circunstancias de preparación y desarrollo psicoafectivo van a encontrarse que hay algo que les sobrepasa, algo para lo que nunca se puede estar del todo preparado.

Por ello la adolescencia constituye siempre un verdadero acontecimiento, es decir un encuentro del sujeto con algo real para lo que no tiene guión, si puedo expresarme así. La angustia es en esta circunstancia un afecto frecuente y hasta lógico.

Tal angustia está en la base de la propensión de los adolescentes a ciertas conductas, por ejemplo ciertas formas de consumo de alcohol, o de ciertas sustancias químicas que son verdaderas auto-medicaciones ansiolíticas. Lo mismo ocurre con cierta propensión de los adolescentes a descargar ansiedad a través de conductas agresivas, peligrosas, incontrolables... son descargas de esa misma ansiedad.
Esta naturaleza traumática de la adolescencia provoca que éste sea un momento en el que los problemas personales se vuelven particularmente cruentos y su solución especialmente difícil.

El tiempo de la adolescencia es ante todo un período de prueba en el que el sujeto debe cumplir un proceso subjetivo, íntimo, personal, en el que todo lo que aprendió y maduró a lo largo de su infancia va a ser puesto a prueba. A su vez, la forma en que el sujeto concluya este proceso va a condicionar su ulterior trayectoria como adulto.

Por eso, a menudo, nosotros decimos a los padres que nos preguntan cómo se pueden prevenir los trastornos del adolescente, que lo mejor es empezar desde el nacimiento mismo. Un bebé educado con una lactancia correcta, donde importa sobre todo la seguridad, el estado emocionalmente satisfactorio en la madre, la constancia y el destete firme pero tranquilo, aprende de forma vivida y precoz a tolerar la frustración, se mantiene tranquilo ante los imprevistos e internaliza normas de forma profunda y muy sólida, pues éstas quedan asociadas a experiencias que dejan huellas profundamente intensas.

En la adolescencia el sujeto se confronta a la necesidad de “inventar” sus propias pautas. Ya hemos señalado que no hay saber suficiente que pueda orientarle. Pero por otra parte, el empuje de unas costumbres sociales que asocian a menudo el ocio a la desregulación hacen tambalear los hábitos al más pintado, y paradójicamente las exigencias sociales le requieren un esfuerzo de competencia cada vez mayor. El sujeto que ha internalizado hábitos y límites es más tranquilo, tiene una mayor capacidad de concentración y es menos influenciable por el entorno, puede abandonar ciertos hábitos de su infancia e independizarse del control de los adultos, pero encontrará más fácilmente su propia pauta y sus límites.

B-¿Qué problemas más significativos presentan los adolescentes?

A continuación nos referiremos a los problemas que nos encontramos más a menudo en nuestras consultas, y aquellos frente a los que los padres más a menudo se encuentran desarmados.

En esta serie encontramos: los problemas de conducta, especialmente los trastornos adictivos, consumo de sustancias , pero también adicción desmesurada a ciertas actividades: el móvil, internet, horarios...

Hay una dificultad para aplazar las satisfacciones: “lo que quiero debo obtenerlo ya”. Se demanda una inmediatez que hace la espera insufrible y el logro de la satisfacción una victoria irrisoria, de una fugacidad decepcionante, que realimenta la necesidad de volver a empezar y buscar más y más.

Por otra parte están las dificultades de posicionamiento ante la autoridad. Esta dificultad es cada vez mas frecuente. El problema aparece desde posicionamientos muy diversos que parecen agruparse en dos polos.
Por una parte encontramos aquellos adolescentes en los que se presenta una falta de reconocimiento de la autoridad. No se trata en este caso de la lógica reacción de revuelta del adolescente contra la autoridad familiar; esta revuelta reconoce la autoridad y busca afirmarse, diferenciarse y posicionarse ante ella. Incluso si tiene que pasar por un conflicto puede ser y a menudo lo es una experiencia difícil pero fecunda. No nos referimos a estos adolescentes sino a aquellos que actúan como si no existiese el principio mismo de la autoridad, aquellos que sólo se frenan por miedo y para que no les vean; estos no trasgreden por rebelión, no cuestionan el orden existente a menudo con razón para sustituirlo por el suyo de clan o de pandilla, simplemente “pasan”.
Por otra parte encontramos los adolescentes excesivamente pasivos y acomodaticios con lo establecido. No cuestionan ni las exigencias ni los valores, no denuncian ni la doblez del discurso del poder ni critican la justicia de lo mandado. Se trata de pasar rápidamente a hacer lo mismo que ciertos poderes vienen haciendo. En el fondo también hay en estos casos un pasotismo.

Cada vez más se presentan en los adolescentes problemas de tipo depresivo. Este tipo de psicopatología aumenta en el conjunto de la población, presentándose bien de forma manifiesta como desmotivación, insomnio, fatiga, en algunos casos con llantos inmotivados y humor triste, bien de forma enmascarada. Es muy frecuente que la depresión quede oculta, debido a que el sujeto hace un esfuerzo de disimulo ante si mismo y ante los demás ¿porqué? porque la idea de estar deprimido está socialmente muy mal vista. Nuestra sociedad adora a los decididos, los triunfadores, los fuertes, y por ello la depresión no constituye en nuestros días ningún ideal, ni aún en el caso de que se trata de una depresión saludable, es decir la que resulta del encuentro con la realidad y provoca una reflexión fructífera.

Tampoco podemos menospreciar las conductas de fracaso. En estos casos se trata de sujetos bien dotados que no logran alcanzar objetivos que supuestamente están a su alcance, y ante los cuales fracasan de forma reiterada. Aquí se inscribe el fracaso escolar, pero también muchos otros: el fracaso en el control de los embarazos precoces en sujetos con la información suficiente, el fracaso reiterado de algunos jóvenes para establecer una relación afectivas estables.

Aquí también nos encontramos con causas muy distintas y hasta contradictorias y que pueden producir efectos aparentemente iguales. Hay una parte de estos fracasos que tienen que ver con sujetos acomodados a la pasividad, acostumbrados a recibir “todo dado” fundamentalmente por los padres, sujetos que huyen de la responsabilidad, del compromiso y del esfuerzo continuado.
A veces los propios padres les han trasmitido la idea de que el esfuerzo es lo mismo que el sacrificio, lo que es profundamente falso. Son padres que sintieron que ellos mismos progresaron “con enormes sacrificios” y que por tanto quieren – de forma a menudo inconsciente- que sus hijos “no pasen por lo que ellos han pasado”.
En esos casos, se ignora que el esfuerzo puesto al servicio de la realización del propio deseo, no es necesariamente un sacrificio sino un precio que se paga por un logro propio, lo cual además procura una satisfacción suplementaria, la satisfacción del logro conseguido y del sentirse capaz. Este es el valor añadido que tienen los logros conseguidos por uno mismo.

Están sin embargo los que “al fracasar triunfan”, que son aquellos que actúan bajo la exigencia del Otro familiar que espera de ellos que alcancen ciertos logros ajenos a los deseos del propio sujeto. Los sujetos que se comportan de este modo no se sienten capaces de cuestionar abiertamente esas exigencias ajenas, pero de forma inconsciente sustituyen un “no quiero hacer eso” por un “no puedo hacer eso”, cumpliendo así, mediante su supuesta “impotencia”, una rebelión pasiva a las exigencias del Otro.

C-¿En qué influyen los discursos dominantes en los problemas de los adolescentes?

Sin tratar de ser exhaustivos, esbozaremos algunos rasgos de la sociedad moderna que influyen en la génesis de este tipo de problemáticas en la adolescencia, y que ayudan a explicar y entender porqué los padres se encuentran a menudo desbordados a la hora de nacerles frente.

No se trata de negar las responsabilidades que unos y otros tienen en dicha problemática, eso sería reproducir uno de los rasgos que a menudo hemos denunciado como nocivos en nuestra sociedad, a saber la tendencia frecuentemente constatada de presentar al sujeto como víctima irresponsable de un determinado orden social. Como decía una cancioncita de los años sesenta: “soy rebelde porque el mundo me ha hecho así”, Podríamos responderle: “pues mire no, si Vd es lo que el mundo le ha hecho, ya no es rebelde es sumiso”. Creo que fue Sartre quién dijo: “lo importante no es lo que han hecho de nosotros sino lo que hacemos con lo que han hecho de nosotros”.

Conocer lo que un determinado orden social induce en los sujetos en un determinado momento histórico nos es conveniente si queremos ser responsables, es decir dar nuestra propia respuesta a los valores dominantes, sobre todo cuando éstos tienden a producir efectos nocivos para los sujetos.

Nuestra sociedad ha generado una serie de paradojas que cuestionan, como hemos dicho, las bondades de su progreso en muchos aspectos, y los jóvenes son los que sufren a su manera de estas dificultades.

Para empezar baste observar cómo se acentúa el abismo entre la madurez y la emancipación de los sujetos, pues cada vez es más prolongado el tiempo durante el cual los hijos dependen de los padres, tanto en lo económico como en lo social: vivienda, salud, ocio... y sin embargo cada vez son más precoces las relaciones sexuales y con ellas la cohorte de experiencias emocionales que les acompañan.

Por otra parte se ha producido un déficit de ejercicio de la autoridad, del autoritarismo patriarcal del antiguo régimen, donde la figura del padre era casi omnímoda para la mujer y los hijos. Esta autoridad, que detentaba casi en exclusiva la función normativa, ha sido saludablemente cuestionada, pero ello no ha conllevado embargo una sustitución adecuada, pues aún no hemos sido capaces de hacer algo distinto, algo que venga al lugar de la solución inútil de quedarnos simplemente en el negativo de lo que había antes.
No se trata de pasar del autoritarismo a la permisividad total, se trata de encontrar nuevas formas de ejercer la función paterna, función que posibilita el establecimiento de las normas y la marca y sostén de los límites. Por ejemplo, una opción podría consistir en pasar a un modelo más permutativo a la hora de sostener la función de autoridad, es decir alternando con la madre el ejercicio de la autoridad, lo que por otra parte es más acorde con la emancipación femenina y con los valores actuales.

Así mismo se trata también de no confundir la autoridad -fundada en el reconocimiento de una función distinta entre padres e hijos, y en un pacto tácito entre el que debe mandar y el que va a obedecer- con el ejercicio del poder entendido como fuerza. Es decir se trata de promover una autoridad que llame a los adolescentes a la responsabilidad, no solamente a la sumisión ciega y acrítica.

Pues convienen saber que la ausencia de autoridad genera angustia. Es por ello que nos encontramos en la actualidad con un aumento espectacular del síndrome de inquietud y falta de atención en niños y jóvenes, sin necesidad de justificarlo en base a déficits biológicos.

Esta crisis de autoridad ha llegado en algunas esferas de la vida y en algunos casos a una auténtica inversión de roles, de tal modo que en algunas familias es el niño el que es un tirano. Esta circunstancia se acompaña del fenómeno de los padres en demanda, es decir en posición de piden algo a su hijo. Cuando se llega a esta situación los padres temen que si se muestran firmes el hijo no les amará, o bien fracasará más aún en la escuela. En el caso de parejas separadas cada uno de los cónyuges puede temer que el hijo se irá con el otro progenitor que no les niega nada.
Esta demanda de los padres puede ser inconsciente, pero les coloca en una posición de inferioridad respecto a su hijo. A menudo hago notar a los padres en el consultorio: “el que demanda no manda”. La demanda de los padres se manifiesta en frases del tipo “vete a dormir que no aguanto el ruido que haces” o “te castigaré sino sacas tan buenas notas como tus primos, y dejas de avergonzarnos”

Pero aún existe otra posibilidad, aquella según la cual la demanda de los padres pasa a segundo plano siendo sustituida por la imposición de normas en nombre de una determinada forma de entender el bien común y la convivencia familiar. Es en este caso cuando los efectos de autoridad se hacen mas patentes. Se constata ciertamente que hay niños que a pesar de todo se resisten a estos cambios, y quieren conservar durante largo tiempo la posición de dominio que pudieron disfrutar durante muchos años.

Otra de los grandes condicionantes de la evolución de nuestros jóvenes es el empuje al consumismo. Esta tendencia dominante en nuestra sociedad está plagada de efectos imposibles de enumerar todos ellos en un artículo, pero resaltaremos el efecto perverso que impregna todas las relaciones humanas cuando se establece que éstas sólo pueden justificarse por la ganancia de satisfacción.
Se trata de obtener algo que ha tomado el valor de fetiche, es decir que me permite imaginar que me saciará completamente, que no echaré a faltar nada, “satisfacción completa, sino devolvemos su dinero” rezan algunos anuncios, o bien satisfacción sin espera, ¡ya!.

Todos los valores que hasta hace poco aparecían en la cultura como ideales, implicaban prácticas en las que el sujeto renunciaba a hacer algo, aunque supusiera no lograr algunas satisfacciones, y ello a fin de obtener algo de un valor superior: como la honestidad que supone dejar de estafar, la sinceridad que implica dejar de mentir, la justicia social que requiere distribuir la riqueza... estos ideales son sustituidos por la promoción de ideales que no implican renuncia sino lo contrario, son objetos de satisfacción obtenidos y conservados: poder, éxito, belleza, juventud, riqueza... longevidad, etc...
Esta dialéctica empuja al sujeto a una ética en la que pierde su deseo y el sentido de su acción, sin por ello sentirse más satisfecho, pues el fetiche al prometer la complitud miente, y de este modo prepara la insatisfacción y genera de buscar una nueva obtención de satisfacción, en una carrera que no conoce fin.

Esta actitud alentada día a día desde los medios de comunicación y apenas cuestionada por algunos padres -pues la mayoría están presos de la misma dialéctica- desespera a muchos jóvenes, empujándolos a pasar del esfuerzo o a las satisfacciones fáciles y sin compromiso.

No debemos desatender los efectos de una competitividad cada vez más desregulada. Se promueve la identificación del semejante como competidor y ello desde la educación más temprana. La infancia y la adolescencia de nuestros días no son el tiempo de un compañerismo exento de las premuras de la lucha por la vida, como en tantas culturas, hasta llegar al ritual de pasaje a la edad adulta en el cual el niño devenía cazador, guerrero, etc y por tanto sujeto de todas las controversias. Ahora el infante ya debe prepararse para la competición cotidiana. Muchas de las actividades escolares y extraescolares son ante todo una preparación para la competición y no tanto para la realización de un proyecto personal a ir definiendo y madurando.

Los efectos mismos del igualitarismo tienen sus paradojas y contradicciones. En nombre del mismo algunos adolescentes no se dejan mandar por nadie. Es evidente que hace falta una reflexión sobre lo que es igualdad de derechos y diferencia de responsabilidades y roles.

D- ¿Cómo entender la atención a los adolescentes y a sus familias?

Nuestra práctica en el IPB esta inspirada en una ética según la cual los conflictos, problemas y dificultades, no son considerados como meros fenómenos a eliminar, ni tampoco se concibe a los adolescentes y sus familias como individuos que deben adaptarse y normalizarse a cualquier precio.

No se trata de que los problemas se eliminen lisa y llanamente sin comprender ni su razón ni su sentido, eso equivaldría a destruir el piloto que se enciende avisándonos que en el motor de nuestro coche algo no anda.

Entendemos y abordamos las dificultades y los conflictos como la expresión de algo que en los sujetos que los padecen busca realizarse , y procuramos que encuentren en la cura una ocasión de solucionarlos a través de un proceso en el que el sujeto es parte activa. En este proceso el afectado encuentra sus propias respuestas y halla en sus dificultades la ocasión de evolucionar hacia la definición de su proyecto de vida, así como consigue alcanzar una relación auténtica con su deseo y la capacidad de aunar éste con las inquietudes de sus contemporáneos y los retos que la época le plantea.

La atención que dispensamos es pluridisciplinar, lo que no impide mantener una coherencia sin fisuras en la búsqueda de los fines expuestos. Nuestros medios de acción van desde la medicación al psicoanálisis o la entrevista familiar, según convenga en cada momento. Todo se ordena para coadyuvar a un mismo fin.

No se trata ni de uniformar ni de empujar al marginalismo testimonial, al cual muchos adolescentes son proclives. El proyecto individual, la asunción de la propia diferencia, no tiene porqué ser incompatible con la relación a los otros, sobre todo si renuncia a presentarse como totalitarista y excluyente.

Cuando el adolescente afirma su propia modalidad de vida, a menudo es vivido por los padres como algo amenazante y al perseguirlo inducen conductas de rebeldía que ellos mismos temían.

El trabajo con los padres se hace necesario porque a menudo no encuentran a qué saber recurrir para orientarse, o bien descubren que lo que ellos aprendieron como saber válido está sobrepasado por los cambios sociales dada la velocidad con la que evolucionan los valores colectivos.
Un ejemplo puede servir de muestra; un padre esta preocupado porque su hija aún adolescente con fracaso escolar reiterado, signos de inmadurez afectiva y dificultades de desempeño en lo social ha cogido novio y tiene la costumbre de llevarlo a casa y dormir con él. Esto no le parece correcto a ese hombre y sin embargo no sabe en nombre de qué prohibírselo. Hace unos años la moral católica que compartía su familia le hubiera bastado para apelar a que los chicos no deben relacionarse sexualmente antes del matrimonio. Pero ahora esos principios ya no son compartidos ni por su esposa ni por sus hijos, pues está “en el ambiente” de esa familia que la liberación femenina y la democracia son ideologías anti-represivas y que no han de prohibirse estas relaciones, por lo que él es desautorizado a título de anticuado, machista y carca, en aras a un cambio de valores. La desvalorización de ese hombre no parece indicar nada bueno para él ni permite una progresión global de su hija donde la libertad se conjugue con la responsabilidad.

Esta es la razón que nos llevó a crear una actividad llamada Escuela de padres. En ella se trata de abrir un espacio donde los padres puedan hacer un proceso hacia la asunción por su parte de una posición propia, que sea ante todo efecto de un compromiso subjetivo con su deseo y les permita mantener actitudes ante todo responsables. Es “escuela” en el sentido de que allí se aprende, pero tiene la particularidad de que se aprende de los propios problemas, son estos los que enseñan y no profesores con recetas prefabricadas que ignoren la especificidad de cada caso.

La tolerancia, la confianza en lo trasmitido a los hijos, la claridad y la firmeza de las posiciones tomadas, la convicción de que las reglas y los límites se ponen en función de permitir el interjuego de roles que le toca asumir a cada uno y no excluye el respeto a la autonomía propia a cada etapa de la vida de los hijos, esto es lo que importa, y lo que puede reservar gratas sorpresas, incluso en el caso de aquellos hijos que no salieron como los padres querían. Pues los hijos no son totalmente efecto de sus padres, lo son también de la época en la que viven y de la genealogía que se transmite de forma inconsciente.

Nuestra acción consiste en dar la ocasión a los adolescentes con dificultades y sus padres de que encuentren un lugar de interlocución, donde no se trata de con-vencer, sino de facilitar que aflore para ellos mismos la verdad de su deseo, así como propiciar el compromiso con dicho deseo y potenciar la capacidad de unirlo a los proyectos de los humanos de su época.

Dr. Jose Monseny Bonifasi

Barcelona, 19 enero 2004


10/11/2008 - 08:08

"Adolescentes del riesgo inevitable al riesgo asumido"

por Jose Monseny